viernes, 17 de junio de 2011

Nuestra declaración institucional

Lo llevaba avisando. Con aires de insolente trascendencia, con pose de sheriff, con la arrogancia del machote de la clase que te decía "a la salida te espero", Sandro Rosell anunciaba en prácticamente todos los eventos donde se dejaba ver, una declaración en la que, según él, iba a HABLAR, iba a "poner los puntos sobre las íes". Anunciaba una declaración institucional en la que nadie sabía qué quería decir y después de haber ganado la Champions, con qué fin. Sugería que habían estado callados por respeto y olvidaba todo el cruce de declaraciones y acciones disciplinarias que inundó durante semanas la rutina futbolística. Pero se le antojó que faltaba su numerito, su foto, su momentazo en el que mirar al horizonte y decir: "Silencio, voy a hablar", ocupando el cetro del universo y que sus palabras sobrevolaran sobre cualquier otro acontecimiento. Ignoraba que precisamente hablar, es lo que peor sabe hacer. Seguramente en sus inicios fue bueno vendiendo perfumes, o domina el qatarí con la soltura necesaria como para entablar relaciones con jeques y dictadores de aquel país. Pero con un micrófono delante roza el ridículo ajeno, adopta un tono susurrante, una mirada al horizonte, un tempo que denota que le gusta oirse, tan memo que empieza frases sin saber como acabarlas hasta el punto que a veces puede que hasta le haya traicionado el subconsciente.

Dicho esto, lo de ayer resultó ser la lectura de un comunicado donde vomitó toda su chulería, dejando a un lado lo inoportuno y a destiempo que resulta una escena como la de ayer un 16 de Junio, parece que con la infantil intención de ser el último que dice algo. Habló de sobrepasar los límites de la deportividad, (como no) de valores, de fairplay, que cualquier acción éticamente reprobable en su equipo habría sido condenada... entre muchas otras demagogias. Olvidaba el comportamiento ruin y antideportivo de sus jugadores en los derbis (sobran los ejemplos), el insulto racista de Busquets que el club en bloque, en un acto ridículo de negar lo innegable, se encargaba de tapar o desviar; los calentones de PEP en rueda de prensa... y sobre todo, el origen de la polémica. Añadió la insólita acusación al Madrid de estar detrás de las acusaciones de dopaje, olvidando que el propio Florentino Pérez le llamó (reconocido por Toni Freixa, portavoz de la Junta Directiva del Barcelona) para desmarcarse de aquella información. ¿Para qué? Difama, difama..que ya se sabe. El colmo fue tener los bemoles de disfrazarse de Clint Eastwood para dar una especie de ultimátum, una "nueva oportunidad". También olvidaba, que esas relaciones institucionales de las que presume y que arrogántemente ha amenazado con romper (oh...miedo...), fueron promovidas por la actual directiva del Madrid hace unos años, en un tiempo en que uno de sus predecesores (Joan Gaspart), le negaba en público la mano al que era y ahora es presidente merengue.


Quiso pasar, en un soplido, de beneficiado a acusado. Lo más significativo de todo fue que habló sin la indignación de una persona que se siente injustificadamente señalada, sin el cabreo o rabia del que le imputan por algo que no ha hecho. Y tiene sentido, porque ayer no pretendía defender su honor, sino sus privilegios.

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